martes, 18 de agosto de 2009

Bienes económicos del Temple. II

Segunda parte de la entrada comenzada la semana pasada con la cual termino el artículo sobre el poder económico de la Orden del Temple.



Patrimonio Templario de facto


Una vez que el inicial patrimonio templario sostenido a base de donaciones se asienta, la orden aprovechará su potencial económico para ir adquiriendo territorios que serán administrados por ellos mismos. El temple ya no sólo acumula recursos, sino que explota territorios, los trabaja, los comercializa y los exporta, establece rentas; los templarios se han convertido, a través de muchas encomiendas, en agricultores, en ganaderos, en viticultores, finalmente son empresarios. Todo esto se suma a los derechos de diezmo, cobro de peajes, etc que la orden ha adquirido con el paso de los años lo que vuelve a generar conflictos con otros organismos puesto que lo que se suponía que era una orden monástico-militar se ha convertido en una potencia a todos los niveles y esto genera desconfianza[1]. Así desde muy temprano, pasados unos 20 años desde su formación, el temple acumula posesiones tanto en occidente como en oriente, territorios, edificios, barrios dentro de las ciudades, iglesias etc.


Esta organización económico-administrativa que adquiere el temple permite que su actuación financiera sea excelente (cabe destacar la ayuda monetaria que el temple realiza al rey de Francia durante la Segunda Cruzada ya que se estima que el préstamo ascendió a 30.000 livres parisis y 2000 marcos de plata) y de esta manera los templarios empiezan a ser conocidos como los grandes banqueros de su época. Por ejemplo durante la cruzada de Luis IX, Yolanda de Borbón obtiene un préstamo del Temple, siendo abalados por Luis IX, por importe de 10.000 besantes de oro que a su vez el Temple obtuvo de banqueros italianos con el compromiso de devolver en Francia la cantidad equivalente a 3.750 liras tornesas en la feria de Lagny. En este sentido, a pesar de lo mucho que se ha repetido en diversas publicaciones, es cierto que el temple favorece la evolución de las prácticas financieras estableciendo créditos, préstamos… pero no es totalmente cierto que fuesen ellos los creadores de otro recurso financiero, la letra de cambio. La letra de cambio tiene su origen en la Toscana alrededor del siglo XIII y no fue el temple quien la inventó sino los banqueros italianos. El temple, una vez conseguida su estabilidad económica, juega el papel de “administrador general”, es decir, el temple administra ya no sólo sus propios bienes sino que genera una cartera de clientes amplísima abarcando todos los estratos sociales, desde el campesino hasta el mismísimo rey.


A finales del siglo XII el temple esta capacitado para adquirir posesiones gracias a su propio dinero, así Ricardo Corazón de León les vende Chipre (se estima que los templarios la comprarían por 100.000 besantes sarracenos, siendo su pago inicial de unos 40.000), pero a causa de las revueltas sociales se ven obligados a devolver la posesión a la que no volverán hasta pasado cierto tiempo. En Tierra Santa el temple adquiría fortalezas y enclaves estratégicos, así en 1260 Julian de Sidón les vende la ciudad de Sidón y el castillo de Beaufort con el que dominaban el valle de Litani. La fortaleza de Chateau-Pélerin, también conocida como Athlit, estaba también en manos Templarias desde comienzo del siglo XIII, otras serían Sabed, Baghras, Roche-Roiseel, Chastel Blanc (Safita) etc. También en la península Ibérica durante los primeros años del siglo XIII el temple ampliaba sus posesiones, así en 1220 aumentaban el señorío de Ascó, sobre el cual ya tenía derechos desde años atrás.


Pero esta bonanza económica no será perpetua y por ello durante la segunda Cruzada, el temple decide pedir ayuda monetaria a los altos cargos Europeos. No es de extrañar pese a las buenas condiciones económicas que mostraba la orden pues los gastos, sobre todo, en Oriente Próximo son elevadísimos, algo que se mantendrá durante los años posteriores, provocado por, en cierta medida, los desastres militares (Hattin, La Forbie,…) que protagoniza la orden (sobre todo a partir del siglo XII y sirva como ejemplo de este gasto pero también de la potencia económica de la que disponía la orden el dato que nos ofrece la Historia del reino de Jerusalén, la cual nos relata que en los momentos previos al desastre de Hattin, cuando el ejército cruzado se estaba preparando: …mil doscientos jinetes y siete mil soldados de infantería equipados por los templarios gracias al tesoro que había confiado al Temple Enrique II de Inglaterra...[2]). En este sentido, otro ejemplo del potencial templario pero a su vez del gran gasto que suponía mantener la actividad en Tierra Santa lo encontramos en la construcción de la fortaleza de Jafet, la cual les costó 11.000 besantes sarracenos y 40.000 más por su mantenimiento anual[3]. Lo que está documentado, pese al poderío económico de la orden y es algo que no se puede obviar, es que el temple a partir del siglo XIII sufrirá un cierto empobrecimiento, debido quizás, al elemento comentado anteriormente: los fracasos militares y las prácticas poco loables que la orden estaba desarrollando. Basándose en los Cartularios de Douzens, entre otros documentos como los de Provins[4], autores como: Carriere, Perriaux, Demurger, etc explican esta caída: la causa de este proceso de “recesión económica” se encuentra en la disminución considerable de donaciones que se produce en este momento, algo registrado en estos documentos, que podría explicarse como resultado de la deficiente situación (económica, social, cultural, etc) que está sufriendo la sociedad cristiana de la época. Esta tendencia, a la baja, queda reflejada en la situación de la orden en la península, algo que nos puede ilustrar sobre la situación general que se estaba viviendo; a partir de 1250 económicamente el temple no puede permitirse la actuación que llevaba a cabo en la reconquista hasta el punto de que en Aragón los templarios estaban escasos de caballos y el rey Jaime II reclamará una mayor actividad templaria, algo que no era posible. Sin embargo también se encuentran documentadas algunas donaciones importantes para este periodo, pero son casos puntuales, por ejemplo, en 1259 el Gran consejo de Venecia dona a los templarios 5.000 venecianas para la mejora de su casa. De todas maneras esta donación será utilizada para algo concreto y no influía en la delicada situación de la orden. También, en este periodo se documenta la donación realizada por el obispo de Huesca en 1289 en Torre de Segre, donde se forma una de las últimas encomiendas templarias y se adquieren posesiones como molinos, acequias, etc. En la región de Rouergue, (Mediodía Francés) donde los templarios estaban presentes desde el siglo XII, construye el Temple en 1249 el castillo y torreón para la defensa de Larzac, además poseían encomiendas y otras propiedades[5]. A pesar de estos casos aislados (aunque existen más), no debemos olvidar que nos encontramos en un periodo crítico para Tierra Santa, que será el foco principal donde acabarán todos los bienes de la orden; esto significa que la orden no se puede permitir mantener el mismo tipo de actividad que tenían hasta entrado el siglo XIII en ambos frentes; los gastos en tierra santa eran altísimos y esta se había convertido en su prioridad (además había casos en las que las donaciones monetarias que se realizaban especificaban que fuesen unicamente para Tierra Santa, Guido de Lusignan otorgaba, en su testamento, una cantidad de livres anuales para los templarios de ultramar). No me cabe duda de que en los momentos finales del temple, la orden vio muy alterada su capacidad económica y financiera pero lo cierto es que aún así la orden, continuaba, a comienzos del siglo XIV, otorgando préstamos y todavía eran muchos los deudores que les tenían cuentas que rendir. Incluso en 1302 el temple hizo el pago del rescate de Guy de Ibelin y su familia entregando la cantidad de 45.000 piezas de plata.


Por lo tanto, tras lo expuesto, aunque los gastos en Tierra Santa eran cada vez mayores y las donaciones ya no se sucedían como antes, la orden acumulaba una gran cantidad de riqueza contante y sonante; además del dinero físico que poseía, las propiedades materiales (o inmateriales pues Ricardo I, en su testamento, les hace entrega de uno de sus vicios, su orgullo) también formaban parte de las arcas templarias. De esta manera no creo que se pueda considerar una locura el afirmar que el temple, a lo largo de su historia, no puede ser considerado como una humilde orden militar si no que a luz de lo aportado aquí, creo que queda medianamente claro que desde sus orígenes la orden siempre dispuso de recursos económicos y materiales, unos bienes que con el paso del tiempo fueron en aumento, por distintas vías. Y es que la regla prohibía a sus miembros la posesión de bienes pero a su vez, permitía a la Orden acumular propiedades. Aún así no sería justo obviar que la orden sufrió elevadas pérdidas durante los momentos críticos de su devenir histórico pero gracias a la estructura administrativa creada y controlada por la propia orden, siempre hubo fases de una cierta recuperación. Todo ello dio lugar al mito del tesoro templario, un “tesoro” que en su mayoría provenía de las grandes ganancias adquiridas a través de sus múltiples encomiendas, de las donaciones y de su labor como administradores económicos; un tesoro que fue transferido a las otras órdenes militares (o a reyes y señores) y no a la corona francesa como Felipe IV deseaba y así se diluyó…




[1] Esto se debe sobre todo porque el temple va adquiriendo muchas exenciones fiscales y privilegios tanto reales como papales que le llevará a convertirse en, como muchos especialistas lo han denominado, cuasi estado independiente.

[2] Oldenbourg, Zoe, Las Cruzadas, Ed. Edhasa. 2003. Pág 500. Esta acción supuso un gran desembolso que sin duda repercutió a la posterior situación financiera de la Orden, pero fue una acción lógica teniendo en cuenta el desastre previo: la carga de Gerardo de Ridefort y el Maestre del hospital contra el ejército de Saladino que tuvo como resultado la muerte de cientos de cristianos. En cierta manera el temple debía subsanar esas pérdidas y los estados latinos de Tierra Santa estaban en su momento crítico.

[3] Lamy, Michel. La otra historia de los templarios. Ed Martínez Roca 1999. Pág 82.

[4] Demurger, Alain, Auge y caída de los Templarios, Ed Martínez Roca 1986. Pág. 203. En la segunda mitad del siglo XIII…ni siquiera diez donaciones en cincuenta años en la encomienda de Provins.

[5] La importancia estratégica de esta propiedad, en la cual confluían rutas comerciales, rutas de peregrinación, etc es una de las razones que nos explican la presencia templaria en la región y el por qué en la segunda mitad del siglo XIII el temple construye un castillo para la defensa de la zona. Capone, Bianca, Templarios en Rouergue, Revista Templarios nº 4. Ed Trentini 2002. Pág 25

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